Siempre he sido una adicta a la lectura, desde que me recuerdo con cinco años, leyendo los anuncios luminosos de la ciudad, desde el coche de mis padres, no he parado. Adolescencia y juventud fueron el tiempo de mi cota mas alta de libros leídos en menos tiempo, luego fui frenando, aunque de vez en cuando me pego algunas atacadas. Después, con los niños descubrí el placer de la lectura en voz alta; me encanta.
Cuando se lee en voz alta se paladea cada palabra, cada sílaba, cada frase; se siente la expectación de los oyentes, sus ojos perdidos en la historia, sus risas, sus lágrimas ante lo que acontece. Eres entonces como un mago, que da vida a la letra impresa. Hay que hablar despacio, dejando hueco para el entendimiento, cambiando el ritmo y la entonación cuando el relato lo requiera, sin exagerar.
Ahora estamos leyendo La historia interminable, de Ende. Aunque me quedo siempre con la boca seca, porque no se conforman con uno o dos capítulos, sino que tienen que ser tres o cuatro al menos, la estoy disfrutando mucho. El otro día apenas si podía mantener la compostura que requería la trama, pues no era capaz de aguantarme la risa que me provocaba la boca abierta del pequeño de mis hijos concentrado en el desenlace de una aventura del protagonista.
No solo los pequeños se enganchan a la escucha, Eugenia de catorce años y su padre también se apuntan cuando están cerca, son momentos de mucha unión familiar.
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